"El arte del maestro consiste no en recargar sus observaciones de menudencias, que no se relacionen en nada, sino de aproximarle continuamente a las grandes relaciones que debe conocer un día, para opinar rectamente sobre el buen o mal orden de la sociedad civil."
Juan Jacobo Rousseau, Emilio o De la educación (libro III)
Todos los días, a la puerta de la Facultad, nos encontramos con dos montones de periódicos apilados, uno corresponde a La Vanguardia y el otro al diario gratuito Qué!, y los lunes además tenemos La Gaceta Universitaria y algún otro periódico también de carácter universitario. Coger un ejemplar es completamente gratis, supongo que en base a algún tipo de convenio que habrán adoptado con la Universidad.
Ayer por la mañana, hacia las ocho y media, me encaminaba yo a la puerta de acceso al edificio principal. Escogiendo periódicos había un hombre, en el que no reparé ni siquiera cuando llegué a su altura y yo también me agaché para tomar un par de diarios para mí. El hombre que tenía al lado, al verme, me dijo: "Hombre, Don, ¿cómo tú por aquí? ¿Qué tal te va el curso?". Levanté la mirada y lo miré.
Era un profesor que me había dado clase el curso pasado. Catedrático de Economía Aplicada, para más señas. Estuvimos hablando por el pasillo hasta que nos separamos, él para dirigirse a la fotocopiadora y yo para hacerlo a mi aula.
Iba interesándose por mí, por cómo me estaba yendo este nuevo curso y qué esperanzas tenía para febrero. "Estoy seguro de que tú no vas a tener ningún problema porque eres un alumno muy competente". Realmente es todo un halago que un catedrático de universidad te diga eso. Y, a la vez, da un poco de vértigo porque te pone en una situación en la que tú no te esperabas encontrar. Sentía y siento el miedo a defraudar.
Pero no se quedó ahí, sino que añadió: "El año pasado no te di una matrícula, porque sólo doy una, pero te la merecías. Normalmente sólo doy una matrícula por curso, pero tengo que comenzar a dar más".
No es que por lo que me ha dicho ahora piense que sé más estructura económica que antes, pero sí que me siento alzado (tal vez a patadas) a una élite, sin que yo me lo haya propuesto.
Trato de guiarme por las palabras de la ranchera cuando dice "que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar". Siempre me he considerado un estudiante mediocre y, sin embargo, estas palabras demuestran que se espera algo más de mí, que quizá yo pueda hacer muchas más cosas de las que me creo capaz.
Ya he comentado, en un mensaje anterior, que uno de mis principales problemas es que carezco de pasiones. El comentario de mi antiguo profesor ha supuesto para mí una especie de empujón, una voz que me incita a hacerlo mejor e ir siempre in crescendo avanzando hacia una meta... pero ¿cuál?
En lo que llevo de vida universitaria, sólo he encontrado dos profesores, y éste es uno de ellos, que reúnan las características que yo considero que un profesor debe reunir para ser bueno, a saber: que explique bien (aunque esto sea muy difícil de explicar), que te diviertas en su clase (es decir, que no sea un tostón) y que le coja cariño a los alumnos (me basta con que llegue a aprenderse mi nombre y el de mis compañeros). Es, por tanto, un tipo al que le tengo bastante respeto porque considero que sus clases no fueron una pérdida de tiempo y que su instrucción me puede llegar a ser muy útil cuando salte a la vida. No fue uno más de los que se limitan a soltar su rollo y largarse. Quiero dejarlo este punto claro. Fue un profesor con todas sus letras, una especie que me temo se haye en peligro de extinción.
De hecho, él es una de las pocas personas de las que guardo una frase que me hayan dicho como un tesoro. El año pasado, durante una tutoría, me dijo: "No hay otra vida. Creas o no creas tienes que pensar que no hay otra vida más allá, y al final lo que cuenta es quién se ha reído más. Yo gano menos que muchos de mis alumnos en una empresa privada, pero siempre me voy a la cama con una sonrisa porque disfruto con lo que hago".
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